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Hola, este pseudónimo es un anagrama de mi apellido.

Nunca aprendí a escribir diálogos entre mis personajes, principalmente porque no podría imaginar a dos personas manteniendo conversaciones sin caer en los clichés de las frases armadas para facilitar el continuo flujo de ideas descabelladas sobre la divina providencia y otros bálsamos mundanos.

El club de los miserables

Sofía era una princesa cuando cumplió cinco años, apegada a las piernas de su padre ebrio pero de espíritu cariñoso. Por eso no entendía cómo terminó apostando la suerte de sus dos pequeños hijos en una máquina de la fortuna incierta. Cada noche llegaban como moscas a la carne en descomposición, que para estos efectos sirve de comparación exagerada ante sus vidas venidas a menos. Para ser honestos, no vivían tan mal.
Había un tipo, en esa casa nauseabunda, pero un día se cansó de golpear a los tres inquilinos que mencionaba como "su familia", y partió raudo a comprar cigarrillos. Jamás volvió y nadie preguntó por él.
La mujer estaba arrodillada. Sólo había limpiado narices y zurcido pantalones rajados durante su tragedia hogareña, y ahora no sabía cómo dar agua a esos dos mocosos que la vida le obligó a cargar.
Cuando todos se cansaron de darle limosnas, esta tipa ideo un plan. Bastante perverso, pero efectivo. Damián, el mayor, traería monedas desde la rotonda. Nadie preguntaría cómo las consiguió.
Flor las contaría, porque esta mujer nunca aprendió nada que no fuera callar y bajar el moño. Y cuando recolectarán mil pesos, el club de los miserables partiría a jugar a las máquinas. Quién sabe si terminan comiendo pan calentito.

Me atacó un colibrí

Claro que fue mientras dormitaba sobre la calurosa noche santiguina. No hablamos de descansar. Ni de experimentar un sueño reparador ni de pasar de largo hasta la mañana siguiente, ni de tener a la mujer que amo a mi lado, acompañándome. Nada de eso.
Las noches en Santiago de Chile son un pestañeo cansado, en las que no se escapan las ideas recurrentes del día anterior y el rocío tonificador no moja mis ojos legañosos. Así es pasar una temporada en el infierno húmedo de la capital, este maldito lugar armado a pedazos y robado a otros que dicen ser los dueños de la tierra. Maldigo a todos.
Disculpen la divagación. Olvidé que me atacó un colibrí. Me persiguió desde que llegué a ese pueblo olvidado por el paso civilizador llamado Quilpué, ubicado en el corazón vacuno de la llamada Región de Valparaíso.
Era una bandada de colibríes, que succionaban como vampiros benignos el néctar asqueroso de una gran casona cercana a las paredes de madera que estructuraban el hogar donde habité por varios años.
Al pasar bajo las grandes flores con grandes espinas asesinas, los colibríes viajaban de aquí hasta allá, por este lugar y por todos los otros, emitiendo pequeños ruidos, como sinuosas agujas clavadas en mi cabeza eternamente somnolienta.
Y a pesar de los esfuerzos por avanzar lo más rápido posible y evitar ese espectáculo de vida ajena, un colibrí rojo me siguió. A pesar de que intenté quitarlo a manotazos, a veces con mi bolso lleno de comida maloliente, no logré evitar que persiguiera mi sombra. Con mucho éxito.
¿Cómo explicar en la estación de metro que ese pájaro no me pertenecía y que me seguía porque se trastornó en algún instante justo mientras pasaba bajo su nido y lugar de apareamiento?
Los capitalinos no entienden de animales, porque en sus ciegas filas y molestias no ven más que acero y asfalto embutido en cientos y cientos de kilómetros cuadrados, hacia el norte y el sur, el oeste y el este.
De esa manera, no tiene sentido contarles que el colibrí se confundió. Confieso que sentí compasión por el ave. Así que recolecté los pelos que cada día desecho en la ducha y le tejí un nido bastante bonito, ideal para hogar de soltero. Luego, tomé una botella de champaña y la abrí. Tras el ruido de celebración, dispuse tres gotitas diarias del brebaje sobre la única rosa que logró derrotar a los pulgones que infectan el rosal del antejardín. De esa manera, colibrí tuvo un pasar feliz. Aunque a veces se perdía, especialmente cuando tomaba las tres gotas sin comer semillas antes. Cosas de la vida.
Pero hoy me atacó un colibrí. Y no era el compañero que terminé aceptando a la fuerza. Era su madre. Quizás pensó que robé a su hija. ¿Dije que era un colibrí hembra? Que alguien me explique la diferencia, por favor. A veces me vuelvo capitalino y no distingo de animales.

La jaula de madera

La caminata le hizo imaginar que era el protagonista de una ilíada renovada y los cantos y el mar agitado y los pavos de oro alrededor de su inconsistente existencia maniquea lo detuvieron, justo cuando el enorme eucaliptus hacía crujir sus malformados brazos y el olor de sus hojas aliviaba la tos del viejo alienado.

La miserable reliquia, bajo el peso de un gigante arbóreo, soñaba recoger las cenizas que alguna vez arrojó al mar y quitarles el agua y la sal, mientras un transeúnte pasaba a su lado y le aportaba una generosa cuota de polvo en los ojos. La escena era cruel, sin dudas, pero el viejo decidió abstraerse y ensoñar otra vez, siguiendo una visión homérica, omitiendo el alarido de las sirenas y atrayendo a los insectos damnificados tras la caída del antiguo árbol. La decisión estaba tomada. Los últimos momentos de su vida serían los de un héroe mitológico, ahogado en el vino de los vencedores. Las ramas formaban una corona. De laureles. Y aunque este león me ha tirado al suelo, me levantaré otra vez. Y se desvaneció.

Luego, abrir los ojos y verse atrapado bajo la madera fue la primera escala en su viaje hacia la desesperación. No entender por qué el eucaliptus había traicionado la confianza que le entregó hace ya tantos años. "Plantar es morir", maldecía. "¿Cómo hice para terminar aquí?", se preguntaba. Y, todos sabemos, sus respuestas no tendrían sentido. En trece minutos estarán sepultadas en lo que quedaba de su memoria.